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Silvi

Autora: Vosat  

 

Esa noche le tocaba cantar. Sintió una pereza inmensa tan solo de pensar en ponerse la vaselina en las piernas, muslos y glúteos para que el pantalón negro de cuero pudiera embonar en su cada vez más regordete y flácido cuerpo. El humo se elevaba pasivamente hacia el techo negruzco y roído del camerino. Rebeca, semivestida y tirada en el sofá, miraba hipnotizada cómo aquellas hebras grisáceas recién salidas de su boca deambulaban para tomar rumbos perdidos: algunas veces se entreveraban, otras se separaban abruptamente o solo se difuminaban para luego acumularse en una nube amorfa alrededor del pálido foco. 

 

      Una voz digitalizada proveniente de una de las esquinas del cuartucho la sacó de su contemplación:

—¡Puertas se abrirán en veinte segundos a partir de este instante, favor de preparar la salida!

 

Maldita cosa, no se detiene por más humo que le eche, pensó Rebeca.

 

—Incidente número 938. Próxima sanción: limpieza laboratorio de experimentación fecal.

 

—¡Pfff! — Se limitó a exclamar la cantante mientras se metía bruscamente el pantalón, ya ni siquiera con ayuda de la vaselina.

 

Con múltiples castigos acumulados que iban desde un simple barrido de calles hasta la prisión, Rebeca bien sabía que estando en cualquiera de sus trabajos no podía darse el lujo de idear nada contra Silvi, la hipermemoria laboral implantada por el gobierno de Ping-Li Hong-Chi-Huan que se vendió como la gran solución global para evitar la deserción en los empleos formales.

 

      A pesar de que Silvi llevaba en operación cerca de diez años, la verdadera molestia para Rebeca —y millones de personas más— ni siquiera era la vigilancia laboral a la que ya se habían acostumbrado desde la invasión del algoritmo 0-1-11-0- sino la memoria interna colocada en el cerebro de los trabajadores que, para tener un funcionamiento óptimo, la fábrica había creado junto con la hipermemoria exterior; se suponía que ambas solo funcionaban en las horas laborales para constatar que la ejecución de sus tareas se llevaran a cabo conforme a las Guías Universales de Trabajo Digno; las cuales regían desde luego a todos los países de la Unión Amerindiaeurasiática.

 

—¡Buenas noches, amable auditorio! Gracias por acompañarnos a “La Casa del Rock. Nostalgia que te acompaña”. Quédese a disfrutar de nuestras deliciosas chelanitizadas, con el toque exacto de ozono para una relajación inmediata. A continuación, con ustedes Yanine Joplaint. ¡Aplausos por favor!

 

Luego de sanitizar la vitrina de espectáculos salieron de ella dos personajes con monos blancos y máscaras de oxígeno para abrir paso a Rebeca, alias Yanine Joplaint.

 

          La chica, enfundada en el pantalón negro de cuero y con una playera que parecía tener dibujado el rostro de Janis Joplin, una cantante de blues de los antiguos tiempos, oteó a su auditorio con una mirada veloz pero certera. Era parte de su ritual, pues en realidad nada le inspiraban aquellos rostros grises, casi autómatas, que visitaban el bar cada noche; a excepción de uno que otro embelesado y extraviado en la nostalgia, como ella pensaba.   

 

      En su adolescencia Rebeca comenzaría a cantar con verdadero ímpetu y pasión canciones que le gustaban a su abuelo, lo que hizo que más tarde llevara su talento a terrenos profesionales. Sin embargo, su gusto se había opacado cuando la dictadura laboral le impuso cantar bajo la modalidad de trabajo formal como parte de las políticas de sostenimiento de la Unión Amerindiaeurasiática, y de sus esfuerzos por erradicar las recurrentes pandemias que asolaban al globo.

 

Oh, come on, come on, come on, come on! Didn't I make you feel like you were the only man, yeah! Didn't I give you nearly everything that a woman possibly can?... You know you got it, child, if it makes you feel good…

 

Un asiduo espectador contemplaba atento a Rebeca al fondo del auditorio. Ni una sola noche se perdía el número de Yanine Joplaint; al contrario, él era uno de los pocos que dejaba en las recomendaciones de la semana una efusiva felicitación para que Yanine extendiera el tiempo de su espectáculo.

 

—Muchas gracias por su asistencia, querido auditorio. Les recordamos que esta noche tenemos servicio de Uber Avispa sin comisión, que los llevará a su hogar en tan solo un aleteo— vociferó Silvi cuando terminó el número de Yanine.

 

Las luces color rosa y azul fosforescentes que iluminaban la vitrina se apagaron una a una, mientras Rebeca salía sin voltear al escenario.

—¡Yanine, te amo! ¡Eres la mejor! ¡Cry, baby!

—¡Va! Borracho… Déjame en paz.

    Aviso preventivo: no insultar a la clientela— murmuró la memoria interna de Silvi en el cerebro de Rebeca.

 

La mujer casi siempre salía corriendo de la vitrina hacia el camerino, no por una cuestión de glamur sino porque el pasillo para llegar al cuarto era oscuro y pestilente: había tramos en que goteaba un líquido amarillento, a veces verdoso. Aquella noche de viernes Rebeca estaba más que harta: el lugar le parecía cada vez más inmundo y las personas menos tolerables; pero definitivamente era Silvi y su vigilancia lo que comenzaba a agotarla hasta la asfixia.

 

      Salió del bar y lo primero que hizo fue tragar una bocanada de aire, aunque también hediondo, pero al menos le dio una fugaz sensación de liberación al no estar vigilada por Silvi. Caminó unas cuadras para llegar a su motocicleta y luego, presurosa, tomó el camino a su pequeño dormitorio que se encontraba a las orillas de la ciudad.

 

      Pero hubo algo que en todo el trayecto la chica no pudo apartar de su mente. Era la idea de que alguien la seguía… Aceleró al máximo y todo el tiempo estuvo atenta al retrovisor para descubrir al espía. Un miedo profundo le caló hasta la médula cuando descendió de la motocicleta para abrir la puerta del dormitorio. Los segundos transcurridos en que metía la llave a la chapa le parecieron siglos.

 

 

     Una vez adentro, Rebeca volvió a sentirse a salvo pues se percató de que nadie venía detrás. Visiblemente más relajada, se quitó la ropa para meterse a la ducha, aunque repentinamente el pánico regresó cuando se dio cuenta de que, si bien no había físicamente intruso alguno, era la memoria interna de Silvi la que comenzaba a confundirse con su percepción.